TIGRES Y LEONES
Mi padre se llamaba Daniel, estaba muy orgulloso de su nombre puesto que el personaje bíblico que le nominó fue un valiente que luchó contra los leones en la arena de un circo romano para defender al cristianismo que defendía y en el que creía. Me contaba la historia tantas veces que yo encumbré a ese personaje, me lo imaginaba frente a las bestias intentando salvar su vida en nombre de la fe.
Hoy cualquiera de nosotros puede ser Daniel. Estamos contínuamente frente a leones que atacan nuestras creencias más arraigadas, nuestras costumbres, nuestro día a día, todo aquello en lo que creíamos y que nuestros padres nos inculcaron. Hoy día, un católico es un mártir en el circo, solo por el hecho de seguir siéndolo. Hubo una época en la que ser católico apostólico y romano era anacrónico y vergonzante, pero lo superamos, quitamos el polvo al fascismo que se sirvió de nuestras creencias, y de la pátina que el progresismo comunista y socialista le puso encima como peso de plomo, y cada cual con su convicción.
Y ahora que estábamos tranquilos, el católico, el evangelista, el judío y el de cualquier otra religión en España, llegan un puñado de depravados, impotentes y asquerosos y nos dejan con el culo al aire otra vez. Al aire de los que nos cuestionan y al aire de nuestro propio culo. Nos tiemblan las creencias, nos tiemblan las iglesias y nos tiembla la fe. Y no es fruto de una sociedad llena de mugre pastosa que impregna todas las estancias, no, esta mugre es alquitrán. Ni el santo óleo la quita, y eso que es aceite.
El que cree, cree por sí mismo, por educación, por experiencia y por convicción. El que no cree, lo mismo, pero el que no cree, cuando sabe que alguien no creyente como él, es un hijo de la gran puta, no pierde nada, de todos modos no cree ni en sus semejantes. Pero cuando el que cree descubre que su igual o su referente por ministerio de la fe, es un mierda que no es ni persona, una de dos, o es muy fuerte y sigue en su puesto, o cae del pedestal y renuncia a todo. Es ahora cuando necesitamos echar mano de esa fe, no de la que nos inculcan sino de la que tenemos en nuestro más hondo ser, la fe que te hace levantarte cada mañana, la fe que te entra por los ojos cuando ves a tu familia, la fe que tienes en cada cosa que haces, la fe.
Y dicho ésto, me gustaría manifestar algo que seguramente no llegue a ojos ni oídos de quien se dirige, pero estoy acostumbrada a predicar en el desierto, por lo que, señor Arzobispo, no se postre usted como las monjas del siglo pasado que dan risa hasta a mis alumnos cuando ven el ejemplo en cierta película biográfica de Beethoven, no estamos en el romanticismo ni usted resulta nada romántico, ha dado una imagen al mundo de cobardía, de inoperancia y de dejadez, que al más débil de los fieles, salvo que solo lo sea para un camino al Rocío o una caminata detrás de una Virgen cuya cabeza se sostiene sobre un palo, el resto de los católicos convencidos no lo van a dejar de ser por su culpa, pero sí es verdad, que si usted se fuera y dejara de montar espectáculos tipo predicador americano televisivo, nos haría un favor a todos los que llevamos la fe a nuestros semejantes día a día con el ejemplo que Jesús nos dio.
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